El mayor tesoro de mi vida se llama Rhonda Gabriela, tiene 4 años y es hija única. Mi embarazo fue hermoso, me sentía orgullosa e impaciente por la espera de estos 9 meses.

Siempre fui sana y durante el embarazo no presenté problema alguno hasta los 7 meses que tuve amenaza de parto prematuro; pero con reposo y

cuidados todo transcurrió normalmente. Finalmente, por instrucciones médicas y para evitar riesgos innecesarios fui sometida a operación de cesárea, transcurriendo todo sin complicaciones.

Llegó el día, marzo 16 de 1997, y fue grandioso, pude tocar y ver a mi niña tal como es y llenarla de besos. Di gracias a Dios por estar completa y sana, sin embargo a los 7 días de nacida, al llevarla al Pediatra, este me informa de algo que no estaba preparada para oír: la niña presentaba algunos rasgos característicos del síndrome de Down, diagnostico que había de confirmar con un análisis de tipo genético llamado Cariotipo.

La espera fue angustiosa, pero lo que más le pedía a Dios era que, fuera lo que fuera, me permitiera conservar, amar y ver crecer a mi niña. Llegaron los estudios, las pruebas, el Neurólogo, el Pediatra y por ultimo el diagnóstico que confirmaba que Rhonda presentaba Trisomía 21 regular o Síndrome de Down.

Fue difícil aceptar que Rhonda no iba a ser como los demás, sin embargo es mi hija y aquí está, esta realidad le dio sentido a mi vida y luego de hundirme en la desesperación tuve que enfrentar la situación y llenarla de trabajo y amor, mucho amor.

El Neurólogo me indicó que su desarrollo y progreso sería igual que todos los niños, pero más lento y me canalizó a un Centro de Atención Múltiple donde atienden niños con necesidades educativas especiales dentro de la atención temprana, educación inicial y preescolar.

Estuvimos un año trabajando con ella, siendo necesario enseñarle desde rodarse de un lado a otro, hasta arrastrarse, sentarse, hincarse, gatear y pararse. Este su primer año de vida fue crítico, ya que presentó glaucoma y fue necesario intervenirla quirúrgicamente de sus ojos; luego presentó bronconeumonía en dos ocasiones y estuvo hospitalizada por un par de semanas.

Desde entonces manifestó ser una niña muy valiente y buena, jamás se quejaba y siempre tenía una sonrisa en sus labios. Al cumplir un año y 4 meses de edad supe por una amiga del Centro Infantil para el Desarrollo Neurológico, lugar al que Rhonda asiste desde agosto de 1998 todas las tardes.

Al mes de trabajo Rhonda empezó a caminar sosteniéndose de las cosas, el tiempo ha pasado y gracias a la terapia recibida aquí, Rhonda es una niña como todos: ella come sola, sabe andar en triciclo, empieza a hablar, se viste y desviste ella misma y sobre todo, está desarrollando su sentido de la independencia y autonomía.

Por experiencia propia, estoy convencida de que el cielo escoge a los padres donde enviará a un niño especial; de que solo esos escogidos podrán realizar ese trabajo tan especial con niños que son ángeles del cielo, no importa la condición social ni la situación económica: lo importante es cuanto estás dispuesto a luchar, vivir y amar. Ahora sé que cuando Rhondita llegó a mi hogar como una niña Down, mi vida cambió y empecé a vivir con otro sentido, pareciera que el cielo se abrió cuando dio su primer paso, cuando dijo mamá por primera vez, al reír, bailar y jugar, fue cuando conocí otro tipo de esperanza, de ese amor que lo soporta todo llenándonos de paciencia y humildad y de que el creador nos ha hecho a todos por igual. Rhonda es una niña de los tantos niños especiales más valiosos que he conocido y que encuentra el poder en su debilidad, te amamos mi niña. Rebeca María.

Mi eterno agradecimiento a las maestras del C.A.M., al Dr. Carlos Larrión Gallegos, a la Sra. Alma Trimmer de Gracia, a su equipo de colaboradores, y a Acela y Rossy, mis mejores amigas por todo su apoyo incondicional, sin olvidar a corazón y a mis padres que cuidan de ella cuando estoy trabajando, y a Gabriel, especialmente.

Rebeca Peña

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